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Cada año, diez días después del Corpus Christi, Valverde de los Arroyos revive uno de los rituales más antiguos y espectaculares de la Sierra Norte: las Danzas de la Octava del Corpus. Un encuentro entre fe, música y tradición centenaria de danzantes y botarga en el corazón de la Arquitectura Negra.
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Valverde de los Arroyos, Guadalajara
La fiesta se desarrolla en el pueblo y en las eras de los alrededores
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Interés turístico Regional
Fiestas
Junio
La celebración tiene lugar en Valverde de los Arroyos, en plena comarca de la Arquitectura Negra de Guadalajara. Las danzas se interpretan a lo largo de la procesión del Santísimo Sacramento, especialmente en las eras situadas a las afueras del pueblo, donde se instala un altar para depositar la Custodia.
El rito es considerado un ejemplo excepcional de costumbre ancestral, entendido tanto como acción de gracias como petición de prosperidad y fecundidad. La procesión y las danzas atraen cada año a cientos de visitantes que acuden para contemplar la espectacularidad del vestuario y la fuerza simbólica de los bailes.
Los trajes bordados, el canastillo floral y el movimiento coordinado de las cintas y palos crean una imagen inolvidable en el paisaje oscuro de la arquitectura negra.
El grupo está formado por ocho danzantes y una botarga, conocida como el Zorra. Los danzantes visten pantalón blanco adornado con puntillas y bordados, sayolín bordado hasta la rodilla y un gran pañuelo negro a la cintura. Sobre la camisa blanca llevan largos pañuelos de colores anudados al cuello, además de cintas y adornos de pasamanería que cubren el torso. En los pies calzan alpargatas.
En la cabeza portan el característico canastillo, cubierto de flores de vivos colores y espejuelos. No se descubren ante el Santísimo, privilegio concedido por bula papal en 1606 por el papa Paulo V.
La botarga viste traje de chaqueta en colores vivos —amarillo, rojo y verde—, gorra confeccionada con triángulos de distintas telas y rematada por una borla. Porta palillos y ejerce como guía de la danza, especialmente en las danzas de cintas que giran en torno a un palo del que cuelgan ocho cintas de colores.
El sonido del tambor y la melodía aguda del pitero marcan el ritmo de los palos y castañuelas, acompañando cada giro y cada golpe ceremonial.
Durante la procesión, en las eras, se interpretan distintas danzas, entre ellas la Danza de la Cruz, así como danzas de palos como los Molinos, la Perucha y el Capón, y danzas de castañuelas. De regreso a la plaza, se ejecutan otras como el Verde, el Cordón, la Serrucha y nuevas danzas de cintas. Entre baile y baile se celebra la almoneda o subasta de roscas y del ramo.
La música corre a cargo del pitero, una especie de gaitero-tamborilero que viste chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y sostiene un tambor con una gruesa correa. En la mano izquierda toca un instrumento similar a una flauta o gaita, tradicionalmente fabricado con el cañón de una antigua escopeta.
En ocasiones, tras las danzas se representan autos sacramentales y sainetes vinculados a la religiosidad popular. Por la tarde, algunas danzas se repiten a petición del público.
La madera de los palos, la tensión de las cintas al trenzarse y la textura bordada de los trajes transmiten la materialidad de una tradición viva.