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Urda se recoge al abrigo de los Montes de Toledo y se abre a La Mancha cuando septiembre se despide. Es entonces cuando el pueblo entero late al ritmo del Cristo de la Vera Cruz y su barca dorada vuelve a surcar, muy despacio, un mar de emoción.
Urda, Toledo
Fiestas
Interés turístico Regional
El Santísimo Cristo de la Vera Cruz, obra del imaginero Luis de Villoldo en los albores del Siglo de Oro, preside desde su santuario la vida espiritual de Urda durante todo el año. Cada final de septiembre, la imagen abandona su ermita para acercarse al pueblo, iniciando unos días marcados por la devoción, la convivencia y la tradición transmitida de generación en generación.
Estas fechas, vividas como auténtica feria mayor, son una referencia identitaria para los urdeños y un poderoso reclamo para quienes se acercan por primera vez.
La barca dorada avanzando entre la multitud, los balcones llenos y el santuario iluminado al anochecer.
La mañana del 28 de septiembre marca el inicio de los actos centrales. El santuario abre sus puertas y aparece la imponente imagen del Nazareno con la Cruz a Cuestas, alzada bajo el dosel de su singular barca dorada. Da comienzo entonces la procesión de la bajada hacia la iglesia parroquial de San Juan Bautista, en un recorrido breve pero intensísimo. La carroza avanza lentamente, arrastrada por gruesas cuerdas de las que tiran decenas de devotos y empujada por quienes logran aferrarse a ella, mientras el murmullo constante de oraciones acompaña cada paso.
El Cristo permanece en la parroquia hasta el día siguiente, donde es venerado por numerosos peregrinos llegados incluso a pie desde localidades cercanas y lejanas. El trasiego es continuo, pero el ambiente se impregna de un silencio respetuoso, casi íntimo, que parece acompasarse con las súplicas y agradecimientos que se depositan ante la imagen.
El 29 de septiembre es el día grande. Tras la misa solemne, el Cristo vuelve a salir en procesión para emprender su camino de regreso al santuario. Urda brilla entonces con una luz especial: las campanas repican sin descanso, los balcones se llenan de miradas emocionadas, los cohetes estallan como promesas cumplidas y la música, que no suena sino que reza, acompaña el avance pausado de la barca. Los desgarrados y entrañables “vivas”, convertidos ya en seña de identidad, se elevan al cielo en una despedida cargada de emoción.
La llegada al santuario es uno de los momentos más intensos. Con gran dificultad, la barca traspasa la verja del atrio y realiza una breve parada entre aplausos, antes de atravesar el estrecho espacio que devuelve al Cristo a la paz de su ermita. A partir de ese instante, Urda y su Cristo suelen quedarse, casi sin quererlo, guardados en un rincón del corazón.
Campanas, música procesional, cohetes y los inconfundibles “vivas” que acompañan al Cristo.
Junto a los actos religiosos, la fiesta se vive también como feria popular. El ambiente festivo se extiende por todo el municipio, con puestos, chiringuitos, música y encuentros que convierten cada calle en parte del recinto ferial. La devoción y la celebración conviven con naturalidad, haciendo de estos días una experiencia completa para vecinos y visitantes.
Incienso, pólvora y los aromas de la feria y la cocina tradicional.
La feria no se limita a un espacio concreto, sino que impregna todo el pueblo. Pasear por Urda durante estos días es dejarse llevar por el bullicio, los aromas de la gastronomía tradicional y la música que aparece en cualquier esquina. La hospitalidad urdeña y el orgullo por una tradición tan arraigada se perciben en cada gesto.