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El resultado es una visita riquísima en capas históricas: yeserías y alfarjes mudéjares, una iglesia gótica con artesonado, portada renacentista de tiempos de los Reyes Católicos y una colección notable de retablos, azulejería y espacios claustrales. Un convento que se recorre como quien abre un cofre y encuentra siglos.
Toledo, Toledo
Plaza de Santa Isabel / entorno de Cristo de la Parra, s/n · Toledo
Cerrado temporalmente
Mudéjar
Gótico
Siglo XV
Arquitectura religiosa
Patrimonio Humanidad
El convento se fundó en 1477 por María Suárez de Toledo, conocida como Sor María la Pobre, bajo la advocación de Santa Isabel de Hungría. Su ubicación, en la actual plaza de Santa Isabel, encaja con una zona histórica de oficios y vida cotidiana: el antiguo barrio de los tintoreros. El monasterio se formó a partir de varias casas principales situadas en la colación de San Antolín, propiedades que fueron cedidas a la comunidad por Fernando el Católico.
Yeserías mudéjares, azulejería del XVI y el contraste entre el gótico interior y los patios llenos de luz.
La importancia del conjunto está en su propia “materia prima”: dos palacios mudéjares del siglo XIV, vinculados a los linajes de los Suárez de Toledo y los Ayala, y la antigua iglesia de San Antolín, de la que se conserva el ábside, hoy incorporado como parte de la cabecera de la nave del evangelio en la iglesia actual. El visitante, sin necesidad de saber de estilos, percibe enseguida esa mezcla: no es un edificio único, sino una suma de piezas históricas que encajan con sorprendente naturalidad.
La iglesia fue reconstruida en tiempos del emperador Carlos V, manteniendo una portada renacentista fechada hacia 1500 (época de los Reyes Católicos). Por dentro, el templo respira gótico, con un artesonado de madera de estilo mudéjar que añade calidez al espacio y recuerda la maestría toledana en carpintería.
Pasos suaves en el claustro, ecos breves bajo la techumbre y ese silencio “acolchado” típico de los espacios de clausura.
El gran punto focal es el retablo mayor plateresco, obra atribuida a Juan Bautista Monegro, con altorrelieves y abundante talla. A sus pies, un zócalo de azulejería del siglo XVI introduce color y ritmo ornamental, un detalle muy toledano que hace que la mirada vaya del altar al suelo casi sin darse cuenta.
En la nave de la epístola destaca otro retablo del siglo XVI, fechado en 1572, de la misma época que las grandes remodelaciones del templo. Y en los pies de la iglesia se levantó en el siglo XVI el coro de las monjas, donde se encuentra enterrada la fundadora, Sor María la Pobre, en un espacio que también llama la atención por el zócalo de azulejos talaveranos y la sillería.
La rugosidad del ladrillo y el mampuesto, la suavidad visual del yeso tallado y la sensación cálida que sugieren los alfarjes
Más allá de la iglesia, el convento se comprende de verdad al recorrer sus espacios de vida interna. Uno de los más significativos es el Claustro de la Enfermería, de planta cuadrada y dos pisos, con arquerías de medio punto sobre pilares de ladrillo. Aquí aparecen algunos de los elementos que enamoran a quien disfruta del mudéjar: yeserías y alfarjes del siglo XIV, con motivos heráldicos que dejan ver los linajes vinculados al lugar (castillos, lobos, emblemas familiares) y una atmósfera de patio conventual donde el tiempo parece bajar el volumen.
El Claustro de los Naranjos es otro de los grandes protagonistas. Situado en la cara norte, es de planta cuadrada irregular y dos alturas, arquitravado, con columnas de orden toscano en la planta baja y jónico en la superior. Está solado y alicatado, con zócalo de azulejería del siglo XVI, una fuente central y un pozo descentrado que rompe la simetría de forma muy “real”, como si el patio hubiese ido adaptándose a necesidades prácticas. También conserva un importante conjunto de yeserías mudéjares de la segunda mitad del siglo XIV.
A esto se suman otras dependencias de interés: la Sala Capitular, el Refectorio (hoy convertido en museo conventual), puertas y estancias asociadas a los palacios originales (como la del palacio de Pedro Suárez de Toledo, el antiguo palacio de Inés de Ayala o la llamada Sala de la Fundadora), además de restos de fachadas y huellas de antiguas ampliaciones
Una de las peculiaridades actuales del complejo es que parte de sus dependencias albergan un taller dedicado a la producción del damasquinado, una de las artesanías más representativas de Toledo. Esta continuidad de oficio —dentro de un recinto histórico— refuerza la sensación de estar en un lugar que no solo se visita: también se sigue usando, transformando y manteniendo.
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