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La obra y figura de Francisco de Quevedo y Villegas es tan inseparable de la literatura y la política, como de la Torre de Juan Abad, localidad de Ciudad Real cuyo señorío compraría su madre, con todos sus ahorros, antes de morir. Desterrado en ella, comentaría la obra del filósofo Séneca, componiendo además algunos de sus grandes poemas, y señaladas obras sobre política.
Con el ascenso de Felipe IV al trono, Quevedo sería perdonado, llegando incluso, en los años posteriores, a ser secretario del rey. Hasta que una nueva caída en desgracia le llevó a retirarse definitivamente a la Torre de Juan Abad, primero, muriendo más tarde en el convento de dominicos de Villanueva de los Infantes.
En un poema llamado \"De ese famoso lugar\", Quevedo nos da cuenta de su viaje en su mula Escoto. Abandona Madrid, y llega a Toledo, donde le soprende el Artificio de Juanelo -una obra de ingeniería hidráulica hoy desparecida-, y llama su atención la Puerta del Cambrón, por la que se encamina a La Mancha.
Vi la puerta del Cambrón; que, a lo que yo me barrunto, a faltar la primer eme, fuera una puerta de muchos.
La relación en vida con la localidad del escritor fue polémica. Acudió a ella desterrado, sin dinero, y contra su voluntad. Y el concejo vecinal no le reconocería su condición de señor del lugar sino tras su muerte.
Aquí cobro enfermedades, que no rentas ni tributos, y mando todos mis miembros, y aun de éstos no mando algunos.
Los años han restaurado en su lugar a una de las grandes figuras de la literatura del Siglo de Oro. Su casa en la Torre de Juan Abad, con su tintero, el sillón en que escribía, y numerosos e interesantes documentos, es un museo dedicado a su nombre.
Quevedo regresaría a la Torre de Juan Abad tras su segunda caída en desgracia en la corte, para morir, finalmente, en el convento de Santo Domingo, en Villanueva de los Infantes, donde aún se conserva la celda que habitó.
Francisco de Quevedo (1580-1645) fue uno de los escritores más destacados del Siglo de Oro español. Su obra abarca poesía, prosa y sátira, destacándose por su estilo agudo, ingenioso y mordaz. En poesía, cultivó tanto el tono burlesco como el filosófico y moral, con sonetos como Amor constante más allá de la muerte. En prosa, su novela picaresca La vida del Buscón llamado Don Pablos es una crítica mordaz a la sociedad de su tiempo. También escribió ensayos políticos y filosóficos, consolidándose como un maestro del conceptismo, un estilo literario basado en juegos de palabras y profundidad de ideas.
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