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Entre modestos cerros y un infinito mar de olivos, en plena comarca de La Mancha, Mora atesora un rico y variado patrimonio con notables ejemplos de arquitectura civil y religiosa, una ermita con un espectacular mirador y un castillo que se levanta inverosímil en lo alto de las sierras cercanas. Desde lo alto de la Sierra del Castillo se extienden los olivares que marcan la identidad cultural y natural de estas tierras, un patrimonio paisajístico único del que se extrae el aceite de oliva, el «oro líquido» que se convierte en toda una experiencia que despierta los sentidos y al que la localidad moracha dedica un Museo y su multitudinaria Fiesta del Olivo, un sentido y popular homenaje al alma olivarera del municipio.
Mora, Toledo
Martes
Estas tierras estaban ya habitadas en el siglo X y encierran una intensa historia entre los cerros cercanos al caserío y los inmensos campos de olivos. Su pujanza comercial le permitió atesorar un patrimonio civil y religioso que descubrimos al recorrer sus calles y plazas. Sorprende el Ayuntamiento, de un bello y exótico estilo neomudéjar con su peculiar torre de cúpula bulbosa decorada con azulejería. En la misma plaza se levanta la sobria y monumental Iglesia de Nuestra Señora de Altagracia de estilo gótico tardío y, no muy lejos, encontramos el Convento de San Eugenio, construido en el siglo XVI y que alberga en su patio la Casa de la Cultura. El callejero aparece salpicado de algunos ejemplos de casas solariegas entre las que destaca la Casa de los Sueltos con su encantador patio toledano, y de edificaciones que dan una idea del vigor de la localidad, sobre todo en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, como el Colegio Teresiano, el Teatro Principal, el antiguo Matadero, el Casino o la Escuela de Niñas.
A modo de miradores naturales, desde los cerros cercanos el mar de olivos se extiende hasta el horizonte como un manto vivo de tonos verdes y plateados, un paisaje sereno que invita a detener el tiempo y contemplar el infinito.
La Ermita, la Cueva y el Castillo
Las sierras que sirven de telón de fondo al casco urbano forman parte de las últimas estribaciones de los cercanos Montes de Toledo. Conviene acercarse con calma para recorrer sus sendas y caminos y descubrir tres de los rincones más emblemáticos de la localidad. La Ermita de Nuestra Señora de la Antigua se asoma cual mirador infinito hacia las extensas planicies y campos de cultivo. Muy cerca, tras una empinada subida una cruz metálica marca el punto más elevado de este cerro que todavía nos depara una grata sorpresa: la Cueva de la Zorrera, abrigo prehistórico que conserva en su interior unas pinturas rupestres con representaciones esquemáticas de figuras de hombres. El auténtico custodio de estas tierras se encuentra a unos centenares de metros: el Castillo de Peñas Negras. Desde sus alturas, las copas de los olivos forman un océano verde que parece no tener fin, un manto vivo meciéndose con el viento y escondiendo, entre sus sombras, historias de batallas y caminos milenarios. La fortaleza presenta forma de buque y se encuentra dividida en dos partes, separadas por el foso.
Es en los olivares infinitos donde Mora despliega su alma más profunda: un mar de olivos que se extiende en todas direcciones, ondeando con la luz del sol y llenando el aire con el perfume cálido de la tierra. Aquí, cada hoja plateada brilla como una promesa, y los aromas del campo invitan a detener el paso para sentir el latido del paisaje. De sus frutos se extrae el aceite de oliva, el «oro líquido» que ha sido el corazón de esta tierra durante siglos. En el Museo del Aceite descubrimos los secretos de los olivares y del aceite, la historia cobra vida a través de piezas y relatos que conectan al viajero con la tradición molinera y los secretos del fruto que nutre la gastronomía local y la de medio mundo. Por su parte, las almazaras de Mora, las más importantes del centro de España, ofrecen un producto natural, de esmerado cuidado, dispuestas a complacer a los clientes más exigentes.
El aceite de oliva es la esencia de estas tierras, un sabor que guarda el sol, el tiempo y la memoria de un paisaje; una sinfonía de aromas y sabores afrutados y aromáticos.
Fiesta del Olivo
Hay una fiesta marcada por todos los morochas y morachas en el calendario: la Fiesta del Olivo que envuelve al pueblo en un ambiente de celebración y orgullo compartido, donde calles y plazas se convierten en punto de encuentro y el olivo en símbolo de identidad. Es un tiempo para salir, compartir comidas al aire libre y celebrar el fruto recién recogido, mientras la música, la tradición y la convivencia llenan de fiesta. La celebración está inspirada en la tradición de que el último día de recogida de la aceituna, alguno propietarios olivareros invitaba, a cuantas personas habían participado en la recogido del fruto, a una comida en el campo o una cena en casa del dueño, organizándose bailes hasta altas horas de la noche y engalanando con ramos de olivo los carros. Hoy la tradición sigue viva y miles de vecinos y visitantes se dan cita en las celebraciones que tienen como acto central el multitudinario y vistoso desfile-concurso de carros y carrozas.
Albacete, Provincias y Localidades
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Solana del Pino, Ciudad Real