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El Monasterio de Santo Domingo de Guzmán es uno de los enclaves históricos más evocadores de Huete. Aunque hoy solo se conserva su iglesia, este edificio permite imaginar la importancia que tuvo uno de los conventos dominicos más influyentes de Castilla.
Audioguía
Visitas guiadas
Huete, Cuenca
Plaza de San Juan, 2, 16500 Huete, Cuenca
Visita libre gratuita.
VISITA GUIADA HUETE MONUMENTAL
La visita comienza visitando sus edificios más emblemáticos como el Monasterio de La Merced, el ábside de Sta. Mª de Atienza, la Iglesia de Sto. Domingo, el Convento de Jesús y María. También visitaremos sus rincones de leyenda como la Cripta de Atienza donde reviviremos la Leyenda del Cirio.
Precio: 4€ (niños menores de 10 años gratis)
Reserva online: www.cuenqueando.com
Punto de encuentro: Oficina de Turismo (Pza. de la Merced, 1) Otros horarios a consultar: turismo@huete.org / 969 37 13 26
Visita guiada
Visita libre
Siglo XIV
Arquitectura religiosa
El monasterio femenino de Santo Domingo de Guzmán fue fundado hacia 1393 con monjas procedentes del cercano monasterio de Nuestra Señora de Amasatrigo, también de la Orden de Predicadores. Poco después recibió las posesiones de dicho cenobio, que habían sido donadas en su origen por Fernando IV.
En sus primeros años estuvo dedicado a San Ginés, y durante el siglo XV fue adquiriendo relevancia gracias a la protección de la nobleza y de la Corona. En 1425, debido a problemas de relajación de la disciplina monástica, las monjas fueron sustituidas por frailes dominicos, iniciándose una nueva etapa de esplendor para la comunidad.
La sobria monumentalidad de la iglesia y el juego de volúmenes de su fachada crean una imagen poderosa y serena.
Olfato
El ambiente conserva un aroma a edificio histórico y a tiempo detenido.
Gusto
La visita invita a completar la experiencia con la gastronomía tradicional de Huete y la Alcarria conquense.
A lo largo de los siglos XV y XVI, el convento de Santo Domingo se consolidó como uno de los más importantes de la Orden en Castilla, gracias al crecimiento de su patrimonio y al número de religiosos que lo habitaban. Sin embargo, el paso del tiempo deterioró gravemente la iglesia medieval, que llegó a arruinarse parcialmente en 1620.
Ante esta situación, en 1621 se iniciaron las obras de una nueva iglesia, cuyo proyecto fue encargado a fray Alberto de la Madre de Dios, uno de los arquitectos más destacados del barroco español. El resultado fue un templo de gran sobriedad y elegancia, que marca la transición del clasicismo al barroco.
El silencio del interior refuerza la sensación de recogimiento y solemnidad del espacio.
El convento sufrió importantes daños durante la Guerra de la Independencia en 1808 y fue exclaustrado durante el Trienio Liberal. Finalmente, con la desamortización de 1835, el monasterio fue suprimido definitivamente y vendido junto con sus bienes, sin llegar a recuperarse como comunidad religiosa.
Del antiguo conjunto conventual solo se conserva la iglesia, ya sin uso litúrgico. El resto del convento, incluido su claustro del primer tercio del siglo XVI —elogiado por Antonio Ponz en su Viaje por España—, se perdió poco tiempo después de la desamortización.
La piedra desnuda y las superficies lisas transmiten austeridad y equilibrio.
La iglesia actual responde a un estilo arquitectónico de gran pureza formal. Su fachada principal destaca frente a la severidad del interior y de la fachada de la Plazuela, incorporando elementos más avanzados como la portada y las dos espadañas. Es especialmente interesante la creación de una pequeña anteplaza, pensada para facilitar la contemplación de la fachada desde las distintas calles de acceso.
El interior se concibe como un espacio de proporciones armónicas, prácticamente desnudo de ornamentación, donde adquieren protagonismo las pilastras de orden toscano y el suave peralte de los arcos. Un potente arco toral separa la nave, destinada a los fieles, de la capilla mayor, reservada a los patronos del templo.
Las obras fueron sufragadas por la familia Salcedo y Veancos, cuyos miembros se enterraron en la cripta. Entre ellos destaca Diego de Veancos y Salcedo, obispo de Astorga, sepultado en una de las capillas laterales, que estuvo decorada con su escudo episcopal.