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Historia, espiritualidad y arquitectura se dan la mano en el Convento de los Franciscanos, uno de los conjuntos religiosos más relevantes de La Puebla de Montalbán.
La Puebla de Montalbán, Toledo
Plaza del Convento, 45516 La Puebla de Montalbán, Toledo
Acceso exterior libre.
Acceso exterior gratuito.
Visita libre
Renacimiento
Siglo XVI
Arquitectura religiosa
El Convento de los Franciscanos de La Puebla de Montalbán fue fundado en el siglo XVI por doña Catalina Pacheco, hermana del Cardenal Pacheco, y por su sobrino don Alonso Téllez Girón. Las obras comenzaron en 1570, levantándose el convento sobre unas casas que pertenecían a doña Catalina.
Desde su fundación, el convento estuvo habitado por frailes franciscanos observantes de Castilla, desempeñando un papel destacado en la vida religiosa y social de la villa.
La silueta del convento y su cimborrio destacan entre los edificios históricos de la localidad.
Tras la desamortización de Mendizábal, el convento fue incautado y los frailes expulsados en 1835. No obstante, el edificio recuperó su función religiosa el 20 de julio de 1878, cuando regresaron los franciscanos para instalar en él un Colegio de Misioneros Franciscanos de la provincia de San Gregorio Magno de Filipinas.
Un año más tarde, en 1879, una Real Orden otorgó validez académica a los estudios impartidos en este colegio, reforzando el papel educativo del convento y su proyección más allá del ámbito local.
El silencio del claustro y de sus espacios interiores invita al recogimiento.
El conjunto presenta una arquitectura de claras influencias renacentistas y barrocas. El edificio está construido principalmente en ladrillo y se articula en dos cuerpos bien diferenciados. El cuerpo más elevado corresponde a la iglesia, rematada por un elegante cimborrio que destaca en el perfil urbano de La Puebla de Montalbán.
El cuerpo conventual se organiza en torno a un patio cuadrado que actúa como claustro y elemento central de iluminación. El convento cuenta con tres plantas y presenta una interesante combinación de arcos rebajados y de medio punto, que sostienen bóvedas de arista, creando espacios sobrios y armónicos.
Los muros de ladrillo y las bóvedas transmiten solidez y tradición.